Y se nos fue…

Entendería así que el primer pedazo del destino estaba más que escrito dentro de su fabulosa mirada, que la realidad que tanto odiaba no era más que un pedazo banal de lo que el mismo creería que pasaría. Y sin embargo no entendía el porqué de los momentos más fructíferos de su vida habían pasado después de la muerte de quien creía amar de verdad, de quien creía depender mas allá de la piel y de quien creía moriría él cuando ya no existiera, no entendía como lo mejor de la vida tenía una entonación tan catastrófica y tan fuerte, lo mejor de la vida de todos modos mantenía una amargo sabor dentro de lo más hondo ¿pero que podría faltar acaso? Había logrado llegar a ser lo que siempre quiso ser, lo tenía todo y más de lo que se podía tener, lo hacía todo y todo salía bien. Menos esto que creía movía el alma, no tenia alma, la perdió ese día en que el error lleno cada una de sus acciones, todo por un odio colérico hacia sí mismo, hacia no saber cómo interpretar ese amor tan fuerte, a pensar que el amor lejos de ser paz y tranquilidad era la mezcla de todo lo que resultaba ser colérico, incluso de la sangre colérica de la maldad y la bondad colérica, del esfuerzo de las acciones bondadosas llenas de hipocresías por dentro. Era terrible su sentimiento quizás el sentimiento de quien siente, pero siente tanto que el ardor que causa el amor siente que quema por lo más hondo del alma, quizás porque se dio cuenta que amar es la mayor locura.

Salía mas tarde de su habitación y un rayo de luz que traspasaba las persianas mal acomodadas quemaba su retina, el recuerdo de la pasada noche no lo dejaba en paz consigo mismo, había traicionado hasta su propio ser, todo por lo que pensaba estaba en orden de justicia se convertía en desorden de justicia, su moralidad misma se había invertido y su amor conspicuo hacia las costumbres, la tradición y la religión, había cambiado a ser un odio condescendiente en donde aguantaba que pasara pero no soportaba que lo rodeara. Sin embargo el había sido eso, había creído poder serlo y querer serlo, porque intentar cambiar ahora, cuando su estatus de vida se lo debía a lo que hoy precisamente odiaba, se lo debía a la mantención de algo que consideraba injusto en lo más hondo de su alma pero que sabia podía vivir con él con la doble hipocresía moral del momento,  esa trágica mañana el no había perdido nada a diferencia de lo que los conservadores de la época habían perdido, por dentro Armando Mattos sabía que no tenía por qué culparse de los sucesos de la noche, pero sabía que los sucesos de la mañana habían sido todos culpa suya, creía que había hecho lo que por el país es superior, lo que por la realidad social de los momentos era más grande y más hondo, había actuado en contra se sí mismo de sus principios, pero no existía dentro de su imagen algo más grande que el amor por la patria, ese amor colérico, que le encendía el alma en lo más hondo, el amor que iba mas allá de si mismo que entendía a la patria como musa amada, es que la sentía tan adentro, tan fuerte, pero no sabía que era o quien era ella es acaso la patria una elevada idea vaga de superioridad moral o es acaso la idea de suerte de la vida misma.

Había conocido de cerca a los grandes escritores de la época, creía fielmente en las novelas de Tomas Carrasquilla y se había leído todos los textos de León de Greiff, creía que Carrasquilla ya había dicho todo lo que se puede decir de Bogotá, por eso se traslado de su terruño de Antioquia, en las afueras de Medellín a esta ciudad, Carrasquilla creía él, sabía que esta ciudad era indescifrable y que intentar entenderla no valía la pena, su larga historia que se rodeaba desde los actos más viles con los que habían sido patriotas y luchado por su independencia, hasta los actos más hipócritas que toda la memoria nacional conoce, sabía que Bogotá era fría calculadora y complicada pero que dentro de ella se escondía un enorme secreto, dentro de ella se escondía el poder anhelado. Mattos sabia que en Bogotá se escondía la marulla de la vergüenza nacional, pero también el esplendor del país, quien posee a Bogotá posee al país pensaba Mattos, escribía así en su diario: “he llegado al fondo al acecho, con el dinero de la venta de la hacienda me he logrado un lugar en Bogotá, vine a lo que vine, a ser alguien a corregir la idea idílica de vida en libertad de mis padres en Antioquia yo sé bien que la verdadera libertad es el poder” . Mattos no creía en nadie ni siquiera en el partido que decía apoyar, solo creía que era la forma más fácil de la aceptación social, la forma de entrar en los enmarañados caminos de la vida bogotana sin tener ni un apellido pudiente ni una formación académica que valiera la pena, era a través de la hipocresía moral que le ofrecía el Partido Conservador, era fácil, ir a misa los domingos, aportar grandes sumas al directorio nacional conservador, celebrar una que otra misa en casa y apelar un pasado glorioso hispanista, una reunión en la casa pasada por sabajón y por uno que otro tango de Gardel, claro recordando siempre que era Medellín la ciudad de su muerte y la ciudad en donde su alma deambula.

Pero el error de Mattos pasaba mas allá de su pasado, en su mente existían la imagen de dos hombres muertos por su culpa y de un sin número que morirían después, su encrucijada interna no la sanaba ni el aguardiente ni siquiera el amor conspicuo de sus amigas por pago. El dulce néctar imprescindible para la vida que es ese escape de la realidad que es ese suicidio corto no consumado, que es el alcohol y las mujeres no lo calmaban, algo que antes con el simple hecho de pensarlo lo devolvían a Medellín al campo, a su acento, a su vida tranquila, a su niñez. Mattos sabia que la muerte del mayor Jefe liberal de la época iba a desatar una catástrofe de altas proporciones pero no imagino que la muerte de Jorge Eliecer Gaitán quizás cambiaria la historia del país en dos, la partiría de la peor manera. El papel de Mattos fue muy sencillo, el lo mato, no Juan Roa Sierra, Roa Sierra solo fue el chivo expiatorio del dedo inquisidor de Mattos cuando Gaitán salía de su despacho habitual Mattos le apunto y le disparo, luego corrió un poco y señalo a Sierra solo grito quien había sido, Roa Sierra estupefacto repetía que él no era el culpable, que él solo estaba pasando y alguien lo señalo como el asesino de Gaitán, el no tenía nada que ver el solo era un transeúnte, en la droguería Granada en donde se refugió Sierra las preguntas insistentes del farmacólogo, lo hicieron pensar por un momento que el si había sido, preguntas que mas que preguntas parecían aseveraciones, dígame por que lo hizo, quien lo mando, la realidad era muy sencilla nadie lo había mandado. Por un momento Sierra pensó que el si lo había hecho que el si había matado a Gaitán, y que él era el culpable, pero mas allá de todo pronostico Roa Sierra se adjudica la muerte con respuestas divagantes como no le puedo decir quien me mando, si le digo me matan, era por la vanidad misma de Sierra que el crimen cometido por Mattos quedaba impune, sierra pensaba que pasaría  la historia, que seria parte de esa memoria colectiva que vive en la sangre colombiana, en lo mas hondo y que su nombre algunos lo recordarían con desdicha y otros con gloria pero lo recordarían por eso penseo en atribuirse el crimen, por que no pensó que la multitud que se aglutinaba a las afueras de la dorgueria, y que coriaba su nombre fuera hacer algo en serio siempre pensó en la debilidad que supone ser colombiano, en la debilidad del alma mas que de carácter y en la intranquilidad que nacia en los corazones bogotanos eran cobardes. Mattos y Sierra parecían tener sincronizada la memoria

…continuará…

Jairo Andrés Franco

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